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LA
HIPOCRESIA DEL NEOLIBERALISMO
Carmelo
Ruiz Marrero / febrero de 1999
La flexibilidad
del discurso neoliberal es asombrosa. Cero estado
interventor, gritan a coro los voceros de esta nueva
modalidad del capitalismo. Las leyes que protegen el trabajador,
el consumidor y el medio ambiente deben ser abolidas porque,
aunque tengan buenas intenciones, hacen más daño
que bien, nos dicen ellos. ¿Porqué? Porque
los gobiernos están sujetos a presiones políticas
(¡Horror!) y en el mundo turbulento e irracional de
la política, lo conveniente se impone sobre lo correcto.
Nos
dicen que cuando las barreras al comercio sean eliminadas,
la libre empresa, apolítica y eficiente por naturaleza,
pondrá su magia a trabajar y vendrá una bonanza
económica global sin precedentes.
Ideólogos
aquí y en el extranjero, como Aníbal Irizarry
y el dúo Vargas Llosa (Mario y Alvaro), se quejan
todo el tiempo de que los gobiernos interfieren constantemente
en la vida económica de las naciones y que entorpecen
la labor de la muy celebrada empresa privada con sus regulaciones
contradictorias e incomprensibles y con sus onerosos impuestos.
Como
dice James Bovard, portavoz de la organización derechista
Competitive Enterprise Institute, El problema más
grande que enfrentan los países en desarrollo, al
igual que muchos países desarrollados, es que los
gobiernos tienen demasiado poder sobre sus ciudadanos.
Pero
los ciudadanos a los que Bovard se refiere no
son los que viven en las favelas de Sao Paulo o los arrabales
de Cataño o Loíza; ni se refiere a pueblos
indígenas amenazados por el mal llamado progreso.
Los ciudadanos de Bovard son los empresarios
y magnates cuyas vastas ganancias fueron un tanto reducidas
por regulaciones gubernamentales, muchas de ellas instituidas
para atenuar el desmadre social y ecológico causado
por el capitalismo.
El que
el gobierno no debe interferir en la labor de la empresa
privada es tomado como un artículo religioso por
los neoliberales. Pero esta ideología no ve nada
malo cuando las empresas se entrometen en el funcionamiento
del estado y estorban los procesos democráticos.
A menudo
esta influencia se ejerce a billetazo limpio, como cuando
las corporaciones dan dinero a las campañas electorales
en Estados Unidos. Los cabilderos e intermediarios que se
benefician de este sistema de soborno legalizado argumentan
que esto no tiene nada de malo. Pero los hechos dicen otra
cosa.
Tomemos,
por ejemplo, el tema del medio ambiente:
* La
compañía petrolera ARCO dio $862,000 a candidatos
del Partido Republicano en las elecciones de 1988. La
administración Bush devolvió el favor insertando
en la ley federal de aire limpio (Clean Air Act) una cláusula
que favorece una gasolina reformulada hecha por ARCO,
según David Levy, profesor de la Universidad de Massachusetts.
El presidente
Bush también hizo gestiones para hacer posible la
explotación de yacimientos de petróleo en
el refugio ártico de vida silvestre en Alaska. ARCO
era precisamente el segundo exportador de petróleo
crudo de Alaska.
*En
1990 la DuPont gastó $379,998 en California para
derrotar en un referéndum estatal la propuesta conocida
como Big Green. De haber sido aprobada, esta
hubiera puesto en pie medidas concretas para combatir la
contaminación.
* Las
organizaciones activistas Essential Information (www.essential.org/EI.html)
y Alliance to Save Energy (www.ase.org/) investigaron la
relación entre las donaciones a las campañas
políticas de las elecciones generales de 1992 y los
subsidios federales a industrias contaminadoras y encontraron
lo siguiente:
Petróleo:
$23 millones en donaciones, $8,800 millones en subsidios.
Minería: $1 millón en donaciones, $2 mil millones
en subsidios.
Carbón:
$960,000 en donaciones, $8 mil millones en subsidios.
Gas
natural: $2.6 millones en donaciones, $4.3 mil millones
en subsidios.
Recogido
de basura: $2.7 millones en donaciones, $300 millones en
subsidios.
No hay
manera de creer que las donaciones financieras de las grandes
empresas tengan una influencia positiva sobre la toma de
decisiones sobre asuntos ambientales en Wáshington.
Después de las elecciones de 1992, el Council on
Economic Priorities, grupo activista basado en Nueva York,
estudió la relación entre las donaciones a
las campañas electorales y la legislación
ambiental y determinó que 75% de las compañías
que investigaron dieron dinero a congresistas con historial
de enemigos del ambiente.
Los
neoliberales siempre asocian el sector estatal con la corrupción.
El
mejor remedio para la corrupción gubernamental es
la privatización, nos dicen los demagogos.
Pero lo cierto es que las grandes transnacionales han sido
históricamente causantes de la corrupción
política:
* En
los 70 un comité investigador del senado de Estados
Unidos descubrió que la corporación aeroespacial
Lockheed pagó decenas de millones de dólares
a oficiales del gobierno de Arabia Saudita para asegurar
sus ventas a ese país; pagó $7 millones a
Yoshio Kodama, criminal de guerra, patriarca de la mafia
japonesa y militante neofascista; y pasó dinero debajo
de la mesa al príncipe Bernhard de Holanda.
* En
marzo de 1975 la Securities and Exchange Commission (SEC)
acusó a la petrolera Gulf y su cabildero en Wáshington
de falsificar documentos para esconder un fondo secreto
usado para sobornar políticos entre 1960 y 1974.
Más de la mitad de ese dinero acabó en los
bolsillos de figuras políticas estadounidenses.
* Las
compañías Northrop y Phillips Petroleum hicieron
pagos secretos e ilegales a la campaña de reelección
del presidente Nixon en 1972.
* La
SEC descubrió en 1975 que la United Brands (que antes
era United Fruit) había sobornado a un oficial hondureño
con $1.25 millones para que su gobierno bajara el impuesto
de exportación de guineos.
* En
los 60 y 70, Exxon y Mobil dieron millones de dólares
en secreto a partidos políticos italianos.
* Para
1976 más de cien corporaciones estadounidenses habían
admitido haber sobornado oficiales públicos, como
parte de un programa de amnistía de la SEC y el congreso.
Sin embargo, este programa mantuvo secreta la información
más importante: quién le pagó cuanto
a quién.